Las Nueve semanas (justas-justitas) de Diego Medrano

P.L. Salvador es el último beat de nuestra literatura. Si Aira, hace poco, reivindicaba lo nuevo a lo bueno ―dicotomía mucho más compleja de lo que se piensa― Salvador elige lo veloz a lo lento. Es Kerouac, en calzoncillos, buscando pirulas nuevas (“lunas rojas”) en la nevera de la follatriz y amante de ocasión. Velocidad, por un lado, sustentada en la jerga (fíjense en los paréntesis con vocación de pasodobles: dos adjetivos adelante y uno atrás; ejemplo: "zorra-zorrona-zorrón") y, por el otro, en la sofisticación/ludibrio del dandy de extrarradio (quien inunda el ombligo de la amante de anís del Mono para luego sorber a dos carrillos). Consigue Salvador el reto de Unamuno (“Escribir con todo el cuerpo”) y su mundo golfo lleva todo el guitarrón de la calle aprendida como algo más que escuela: como forma de no volver atrás. Lo dijeron los grandes (Baudelaire, Lautrèamont, Rimbaud) a su modo: la transgresión no tiene retorno, cruzas la línea y ya está, volver es imposible, y aunque lo hagas ya no puedes ser el mismo. Dependencia femenina brutal (“Las hembras joden más si están jodidas”) pero todo un romanticismo negro de lúcido achispado a tiempo completo (de los de uñas largas y toconas, de los de guiño constante y proletario, de los de adjetivación saltarina, ubérrima y venenosa). Su reto es la intensidad, y así logra su colocón que no se acaba nunca, sus siete mil polvos sin sacarla, su mal de baratillo, porque es la obra de un poeta donde el sentimiento ―aun en mascarada― llega a producir lágrimas como melones (que antes fueron de cerezas, en la sátira, y de lentejas, a lo largo de las lecturas entre líneas). La crítica acorderada, mansurrona y lanar no entenderá este libro. Que te importe un pijo, lector: P.L. Salvador enciende el fuego del lenguaje con bidones de gasolina y el chispazo tiene mucho más de quijotismo que de surrealismo. Supera la nostalgia (eso de vivir un tiempo que no existe) con la fórmula in extremis de la soledad llena y no hueca (atiborrarse de velocidad para que el hostiazo sea mítico y con ínfulas y mitra de obispo). Habla de los pechos de sus ninfas (peritas-tas) en un juego que la lengua doma y asimila (peritas-tas) y eso lleva a una de esas sonrisas detenidas (peritas-tas) donde es inevitable que a todos se nos quede cara de gilipollas recordando eso (peritas-tas) que siempre fuimos... puras máquinas deseantes a lo Charles Bukowski, Henry Miller, John Fante y toda la basca en bolas alrededor del fuego sagrado del lenguaje más visceral posible: el de las palabras coruscantes y su calambrazo cuanto más anodino y tedioso es nuestro discurrir por este interminable valle de lágrimas... ¡Divinos sustos! ¡Renacer está garantizado!

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